El último funeral de un pontífice fue el de Juan Pablo II, el 2 de abril de 2005, y congregó a cerca de 300.000 personas en los aledaños de la Plaza de San Pedro.
Benedicto XVI reposará en un triple féretro como sus antecesores: primero en uno de ciprés forrado con terciopelo carmesí, que será introducido en otro de zinc sellado y que, a su vez, acabará dentro de un tercero en madera de olmo.
En el interior del primero, junto al cuerpo de Ratzinger, se meterán las medallas y monedas acuñadas durante su pontificado, entre 2005 y 2013, hasta su histórica renuncia, así como los distintos palios que tuvo como arzobispo y papa, la estola de lana blanca que se lleva sobre los hombros en señal de jurisdicción.

Cuando falleció el alemán, el primer pontífice en renunciar en 600 años, la gran incógnita era cómo iba a hacerlo la Santa Sede para ofrecer unos funerales dignos de un papa pero sin generar confusiones con el papel de Francisco.
“No es un funeral de Estado, porque el papa que ha muerto no es el papa reinante y por lo tanto no puede ser un funeral de Estado”, indica Vidal. “Por eso solo se invitó oficialmente a Alemania, su país de origen, y a Italia, el país donde está el Vaticano”.
El segundo factor diferenciador es que Francisco, el papa reinante y con el que Benedicto coexistió en el título durante la última década de su papado en retiro, presidirá por primera vez en la historia el funeral.
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