El Santo Padre presidió la liturgia de la Pasión del Señor y la homilía, como cada año, corrió a cargo del Predicador de la Casa Pontificia, el Cardenal Raniero Cantalamessa.
La tarde de este 7 de abril, Viernes Santo, el cardenal Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, advirtió en la celebración de la Pasión del Señor que, hay que evitar que los creyentes, sean arrastrados a este vórtice del nihilismo que es el verdadero “agujero negro” del universo espiritual.
El Santo Padre llegó en silla de ruedas a la Basílica desprovista de ornamentos e iluminada tenuemente, en consonancia con la sobriedad de la ceremonia en la que no se celebró la Eucaristía.
El Papa Francisco apareció con la habitual vestimenta púrpura de Viernes Santo, en recuerdo de la sangre de Cristo derramada en la Cruz.
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En su homilía, el Predicador de la Casa Pontificia señaló que, desde hace dos mil años, la Iglesia anuncia y celebra, en este día, la muerte del Hijo de Dios en la cruz. Por ello, en cada Misa, después de la consagración, repetimos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.
“Sin embargo, otra muerte de Dios ha sido proclamada durante más de un siglo en nuestro mundo occidental descristianizado. Cuando, en el ámbito de la cultura, se habla de la ‘muerte de Dios’, es esta otra muerte de Dios – ideológica y no histórica – que se entiende. Algunos teólogos, para no quedarse atrás, se apresuraron a construir sobre ella una teología: La teología de la muerte de Dios”.
En el momento en que se relata la muerte del Señor, todo quedó en completo silencio y los presentes en la Basílica de San Pedro se pusieron de rodillas.

También se leyó la oración universal de los fieles en la que este Viernes Santo se reza por la Iglesia, el Papa, los obispos, sacerdotes, los catecúmenos, la unidad de los cristianos, los judíos, los que no creen en Dios y los gobernantes.
Para el hombre moderno, precisó el Predicador, todo esto no parece más que un mito etiológico para explicar la existencia del mal en el mundo. Pero, Jesús murió por nuestros pecados, por nuestra salvación.
Sigamos pues, concluyó el Predicador, repitiendo agradecidos y más convencidos que nunca, las palabras que proclamamos en cada Misa: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.
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