“Amigo organillero arranca con tus notas pedazos de mi alma…”, expresa así una de las canciones de los años 60’s interpretada por el cantante mexicano Javier Solís.
Durante dicha época, el organillero con su instrumento llamado organillo y una lista de canciones, lograba avivar las emociones de los enamorados a través de la música, lo que en la actualidad pudiera compararse con una bocina de altos decibles y una playlist en YouTuBe o Spotify.
Fue así como el paso del tiempo y la arrasadora tecnología, hizo que poco a poco, desde mediados del siglo pasado el organillero fuera perdiendo su espacio entre las nuevas generaciones hasta llegar en la actualidad a considerarse como una tradición en peligro de extinguirse o incluso hasta desconocida para los más jóvenes.
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El organillo o cilindró llegó a México en el año de 1884 procedente de Alemania pero con el tiempo se volvió uno de los instrumentos más populares en las plazas y calles del país al grado de que muchos pudieran creer que este es un instrumento musical es originario de México.
Compuesto por una caja de madera portátil barnizada, con puntillas de bronce y adornados con un paño rojo en la parte superior acompañados de una gorra militar y un pequeño simio, reproduce su peculiar sonido con melodías grabadas las cuales varían según el peso de este instrumento.
Entre las más comunes se encuentran: Cien años, Vals de Alejandra, La Bikina, Amor Eterno y Cielito Lindo.
Sin embargo, el oficio que llego desde Europa y se convirtió en una tradición mexicana, se niega a apagarse. Por lo que los operadores de los cilindros, que se caracterizan por uniformarse de color beige y gorra militares parecidos a los del ejército de Pancho Villa viajan por toda la República buscando vivir de este oficio y extendiendo la permanencia de la tradición entre las nuevas generaciones.
Leonardo Flores, de 22 años de edad, llego hace dos semanas a Monclova desde la Ciudad de México con el fin de poder obtener ingresos con el organillo y extender así la cultura de este instrumento que se popularizó durante la época del porfiriato.
Relató que por casualidad su tío fue el que se adentró en el ámbito de los organilleros ya que en una ocasión cuando trabajaba de vendedor ambulante solicitaban que alguien sustituyera a un organillero en el Centro Histórico de la Ciudad de México y fue así como extendió el oficio entre la familia el cual ahora el busca perdurar y plasmar un poco de tradición, historia y cultura en el país entre las actuales y nuevas generaciones.
“Se está perdiendo la tradición, nosotros nos salimos de fuera e ir de Estado en Estado para dejar la tradición de México, del organillero”, comentó.
El joven organillero tomó como escenario el camellón del cruce de los bulevares Pape y Madero justo frente al monumento de este último personaje pero coloquialmente bautizado por los monclovenses como “El rallador”.
Con ánimo mencionó que este punto le pareció un excelente escenario para reproducir el contenido musical con el particular sonido del organillo.
Sin embargo, con algo de asombro y humor, dijo que si bien está acostumbrado a caminar y caminar cargando este instrumento que pesa alrededor de 50 kilos nunca había pasado por un clima tan peculiar donde las notas tuvieran que salir bajo los inclementes rayos de sol que desde hace días superan los 40 grados centígrados.
“Tocar esto se siente muy bonito porque estas siendo parte de una historia que viene de 200 años, se siento bonito que estás dejando una tradición”, dijo con orgullo el organillero.

