La necesidad del arte

Instantáneas Sobre el Fin del Mundo por Alfredo Peñuelas Rivas

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Una de las más famosas afirmaciones del arquitecto Louis Kahn dice así: “El arte no satisface necesidades, las crea. El mundo nunca necesitó la Quinta Sinfonía de Beethoven hasta que él la compuso. Y ahora no podemos vivir sin ella”. Lo anterior viene a colación cuando disfrutamos por primera vez de un cuadro famoso o, mejor aún, de una obra (pintura, escultura, literatura, música, etc.) desconocida pero cuyo encuentro no podemos abandonar una vez ocurrido. Estas irrupciones en el arte, puestas en las manos adecuadas son las que quiebran los caminos por los que la estética deberá de transitar.

Tal es el caso del pintor texcocano Felipe Santiago Gutiérrez (1824-1904) quien pintó al menos una trilogía de cuadros de lo que vendría a ser una de las obras disruptoras de su tiempo y, si atendemos a la historia, una de las obras visagra del arte nacional. Se trata de “La cazadora de los Andes” (1874), el primer desnudo femenino pintado por un artista mexicano y, probablemente, el primer desnudo que se haya pintado en todo el continente americano.

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A Felipe Santiago Gutiérrez se le ha relacionado con Gustav Coubert por el manejo del realismo en el desnudo, cosa que no sería de extrañarse ya que ambos pintores coincidieron durante una estancia en París del texcocano. También se sabe que estuvo en contacto con diversos pintores europeos, como el catalán Mariano Fortuny y Marsal o el madrileño Eduardo Rosales, con quienes asistió a diversos estudios sobre el desnudo humano para encontrar nuevos caminos simbólicos a la pintura, tal y como lo afirmaría el propio Felipe Santiago Gutiérrez en su Tratado del dibujo y la pintura, publicado en 1895:

“La pintura no sólo tiene la misión de imitar la forma externa de los objetos; sino que reproduce también con energía el alma de la naturaleza y las pasiones de los individuos de la especie humana; habla asimismo el lenguaje del corazón y engendra sensaciones agradables o tristes de amor y odio, de grandeza y entusiasmo… en una palabra, es una segunda creación”.

A diferencia de la escuela italiana o flamenca, en la tradición española de la pintura los desnudos no son abundantes.

Destacarían acaso “La venus del espejo” (1647), de Diego Velázquez y “La maja desnuda” (1800), de Francisco de Goya y Lucientes. Por cierto, la primera de estas dos obras fue realizada por Velázquez después de un viaje por Italia. Si la enseñanza de la pintura en México en el siglo XIX recayó bajo la tutela de pintores españoles, no sería raro que el desnudo no fuese una prioridad, mucho menos lo fue durante el virreinato en que los temas fueron meramente religiosos. La búsqueda por nuevos caminos en la pintura y su relación con la gran tradición durante la estancia en Roma de Felipe Santiago Gutiérrez no pasó desapercibida por los diarios americanos de la época quienes se refirieron al pintor texcocano como “revolucionario y atrevido”, según La Capital, de Argentina. Ese mismo diario afirmaría que “Gutiérrez obedece en sus inspiraciones a la escuela histórica de Velázquez”.

Cuando “La cazadora de los Andes” fue exhibida en México, en el Museo de San Carlos la exposición se llevó a cabo en una sala que estaba reservada para artistas extranjeros, pues tenía una cortinilla y la entrada era exclusiva para “caballeros mayores de edad”. Este tipo de exposiciones tienen como fin hacer que los jóvenes estudiantes y los pintores se nutran con las nuevas expresiones artísticas, tal y como ocurrió con muchos museos en sus inicios, El Prado, El Louvre, etc., y como sigue ocurriendo hasta la fecha.

Imaginemos ahora que los jóvenes alumnos de San Carlos tuvieron acceso a la obra de Felipe Santiago Gutiérrez años después. Hay una fotografía donde aparecen en 1905 Saturnino Herrán, José Clemente Orozco y Diego Rivera acompañados del maestro catalán Antonio Fabres. Imaginemos que estos adolescentes contemplaron el primer desnudo femenino realizado por un pintor mexicano. En ese momento, esos jóvenes supieron que había nuevos caminos para la pintura. Como afirmaba Albert Camus, “el arte es uno de los modos, quizá el más privilegiado, con el que reordenamos la realidad cuando ésta se nos ha vuelto extraña”. De haber ocurrido, gracias al desnudo realizado por Felipe Santiago Gutiérrez, el arte mexicano cambió para siempre.

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