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jue, Feb, 2026

El arte sana

Instantáneas Sobre el Fin del Mundo por Alfredo Peñuelas Rivas

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“Si el mundo fuese claro, el arte no existiría”, dicta una conocida sentencia de Albert Camus. Si atendemos a las palabras del premio Nobel francés podríamos observar que en muchos de los momentos más álgidos de la historia de la humanidad el arte se ha hecho presente con fuerza. El renacimiento alcanzó un gran desarrollo después de la llegada de Cristóbal Colón a las tierras que se llamarían América y, por consecuente, el barroco y la literatura del Siglo de Oro español cobraron fuerza después de la consiguiente conquista; es durante y después de la guerra entre Francia y España en que Francisco de Goya pintara “Los desastres de la guerra”, que darían paso a sus “Pinturas negras” y cien años después Otto Dix transformaría su arte y la historia de la pintura alemana al plasmar, bajo el sello del expresionismo, los horrores que vivió en el frente durante la Primera Guerra Mundial. Las vanguardias del siglo XX, tanto las europeas como las americanas, vienen precedidas de eventos bélicos que cambiaron el curso de la humanidad.

En su libro Sexual Personae, Camille Paglia afirma que el arte no se limita a ser un simple diseño, sino que es una forma de reordenar la realidad. “Tanto si se produce en un periodo de estabilidad colectiva como en uno de inestabilidad individual, el arte vendrá siempre inspirado por la ansiedad”, afirma la autora estadunidense.

Si atendemos a lo dicho por Camus y lo observado en las distintas épocas de la humanidad encontraríamos entonces una concordancia en el qué y el por qué del arte. El arte es una forma de cerrar, de dejar atrás, de comenzar algo nuevo.

¿Se ha dejado de hacer arte entonces?

No, por supuesto que no. El mundo sigue produciendo artistas de diversas disciplinas y calidades que buscan día a día ofrecer una traducción de su entorno. Tampoco se han dejado de producir guerras.

En lo que va del siglo XXI el mundo ha protagonizado más de 60 conflictos armados que involucran a países de los cinco continentes, muchas de estas conflagraciones continúan vigentes y sin solución. Tal vez lo que ocurre es que esta producción de arte no se ha logrado agrupar en “escuelas” tan notorias como ocurrió con las vanguardias del siglo XX o los movimientos canónicos de la historia de la humanidad. Una de estas explicaciones podría encontrarse en lo difuso que se ha vuelto la posmodernidad.

Después de que a finales de la década de los ochenta Gianni Vattimo declarara a la posmodernidad como el “fin de la historia” pareciera que el mundo ha entrado en esa especie de vorágine informática que no tiene salida. A decir del filósofo italiano, la humanidad ha entrado en una especie de “Babel informativa” donde la comunicación y los medios adquieren un carácter central.

Esta voracidad en la información ha hecho que las cosas y los acontecimientos parecieran no tener ni principio ni fin ni fronteras. Sin embargo, si atendemos a los planteamientos iniciales de este texto, los derroteros del arte tendrían que ser otros: en una cultura posmoderna, las poéticas literarias y artísticas tendrían tal vez que recurrir a la reconstrucción de la memoria, a la recuperación constante del pasado para asimilar un presente cada vez más esquivo.

Dicho en otras palabras: el arte tiene que ser ese elemento legitimador de las cosas que pueda llegar a esos rincones donde la lógica y la ciencia no pueden acceder.

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