Instantáneas Sobre el Fin del Mundo por Alfredo Peñuelas Rivas
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“…luego alzó la cabeza al cielo y lo vio todo blanco, Ahora me toca a mí, pensó. El miedo súbito le hizo bajar los ojos. La ciudad aún estaba allí.” Ese es final de una de las obras cumbres de la segunda mitad del siglo XX y corresponde al muy conocido y multicitado Ensayo sobre la ceguera del Premio Nobel 1998, José Saramago. A grandes rasgos la novela trata sobre una ceguera blanca que se apodera de la humanidad, con excepción de una mujer (la mujer del Médico) que guía a un grupo hacia su salvación, tras perder la vista quedan al descubierto las enormes miserias de la especie humana, la moralidad y los principios que tanto se enaltecen en el nombre de algún dios o de la simple inteligencia, esa que nos separa de los animales, quedan atrás para desvelar la enorme podredumbre que realmente nos compone como especie. ¿Es acaso la obra de Saramago una gran metáfora de que la humanidad sólo se limita a ver lo que está al alcance de sus ojos y dejando de lado lo oculto como si no existiera? Cobra entonces vigencia la frase tan hecha: “las apariencias, engañan”.
El tema de la ceguera física ha sido tomado un sinfín de veces por la literatura, ahí tenemos a Edipo rey que se saca los ojos y comienza a errar por la tierra que sería su reino tras caer en conciencia de que ha matado a su padre y procreado con su madre tal y como el hado lo tenía previsto. “¡Ay de mí, infortunado! Me parece que acabo de precipitarme a mí mismo, sin saberlo, en terribles maldiciones”. Es con esta frase con la que Edipo cae en cuenta de que ha sido él el arquitecto de su propio destino. El personaje ha llegado al final de un viaje físico a través de su vida al mismo tiempo en que desemboca un viaje interior para él desconocido, su pasado, el destino, lo que el oráculo le tenía escrito. Es en esta convergencia de caminos donde el personaje cae en conciencia de quién es, de qué es lo que ha hecho. Está solo ante el mundo. Un nuevo camino tiene que comenzar. Esta vez hacia el interior de sí mismo para reencontrarse. Edipo, tras la epifanía de su real condición, se abandona a la ceguera física, ya ha vivido siempre en una ciega ignorancia sobre su pasado.
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Esta fórmula narrativa ha sido utilizada en muchas de las obras más fundamentales de la historia. Personajes como Segismundo, Hamlet, Marlow u Oliveira se encuentran ante la epifanía de su existencia en un punto de la obra donde convergen tres caminos fundamentales: el camino recorrido, el pasado revelado y el amplio e incomprensible futuro que se les avecina dando al final como resultado la comunión con el lector. A pesar de su antigüedad de Edipo Rey, se podría afirmar que esta forma de narrar en complicidad con el lector antes que con el personaje. Los elementos detonadores de dicha asociación son inmutables en la mayoría de los casos, uno (el lector) se da cuenta del escenario en el cual se desenvuelve el personaje mucho antes de que él lo haga y, sin embargo, acude con el mismo horror y sorpresa a la toma de conciencia del protagonista. ¿Será que esa toma de conciencia del personaje es una suerte de grito del yo interno de quién en las páginas de la obra se sumerge? ¿Acaso un re encuentro de uno mismo como posible protagonista de su historia? La ceguera de la inconsciencia, esa que tanto ignoramos.
En el caso de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad esta revelación ocurre de manera contundente. Según Sergio Pitol, uno de los traductores de la obra, “es encontrarse de nuevo ante los Grandes Temas”, esos que uno encontró en la tragedia griega, en Dante, en algunos dramaturgos isabelinos o en Milton”. En La divina comedia, el propio Dante consideró tomar una decisión de vida y convertirla en texto para tratar de dar respuestas a preguntas fundamentales en torno a su vida y a su entorno cultural y político recién había cumplido los treinta y cinco años de edad. Esa escritura, apoyada en sus actos, tuvo como consecuencia un exilio que lo desterró de manera definitiva de esa Florencia que tanto amaba encarnada en una mujer llamada Beatriz. El poeta que quiso entrar en el paraíso florentino de la mano de Beatriz jamás lo logró, quedándose para siempre a las puertas del purgatorio recién inventado por la iglesia, es decir lo que para él seguía siendo el infierno mismo del cual estaba consciente y que para estos casos se llamaba Rávena, es decir el destierro, así lo hayan tratado de maravilla, dándole la espalda a dicha puerta como consta en la más famosa escultura de Augusto Rodin. Hoy día, Dante sigue siendo un ánima en pena, su tumba en Florencia está y estará por siempre vacía, la frase Onorate l’altissimo poeta es sólo un buen deseo de un pasado que nunca ocurrirá. Esa frase, esa tumba honran a un eco lejano que alguna vez decidió que a la mitad de la vida habría que tomar una decisión importante, la de hacer con su vida lo que cree uno, la de bajar a su propio infierno personal esperando salir al paraíso de la mano de lo amado. Por su parte, Conrad basa su arte narrativo en continuas digresiones que permiten a los personajes reflexionar sobre la moral, otorgándole al relato un vigoroso poder de sugestión. Conrad le otorga la batuta de la narración al alter ego Marlow en una suerte de autoficción donde el binomio autor-personaje invita al lector a asistir a eso que conoce como realidad, a mirarse y encontrarse en el espejo del relato.
Y ya que se menciona a la Iglesia y su labor de inventora de purgatorios, infiernos y paraísos ad libitum, hay que destacar una de los elementos detonadores de la ceguera voluntaria: la culpa, cortesía del mismo coro celestial. Si bien el término jurídico señala que ésta supone la “voluntaria omisión de diligencia en calcular las consecuencias posibles y previsibles del propio hecho”, la culpa cristiana se aleja mucho de esta realidad, en ella no existen ni el término voluntad ni la previsión de la misma. En la fe de los católicos no se tiene conciencia de la culpa, indivisible ésta al pecado, pero se conoce su amenaza latente. El teólogo alemán Karl Rahner afirmaba que “el hombre nunca sabe con seguridad absoluta si lo objetivamente culpable de su acción, que él quizá puede constatar de manera inequívoca, es la objetivación de la auténtica y originaria decisión de la libertad en el no contra Dios, o bien si es solamente el padecer el mal como sufrimiento. Nunca sabemos con seguridad última si somos realmente pecadores. Pero sabemos que podemos serlo realmente, aunque la existencia civil parezca dar un buen testimonio de los actos”. ¿Podemos ser culpables e ignorarlo? Al parecer, sí. Esto se traduce en una ceguera voluntaria de nuestra existencia y de la los demás por temor a caer en la culpa pero siempre con el rescate del perdón y el arrepentimiento para la salvación de nosotros mismos, dicho de otro modo, olvídate de lo que ignoras porque, al final, siempre pecarás pero podrás arrepentirte. Cero epifanía, cero toma de conciencia, ceguera absoluta.
Los tiempos que corren hoy día hacen pretender que el exceso de información y la acumulación de vínculos nos hacen conocer más, es decir, ver de más, sin darnos cuenta que tras el telón de la hiper información se oculta una ceguera infinita y blanca que no permite a la reflexión reaccionar y hace que todos (o casi todos) se sientan capacitados para dar la perspectiva (fundamentada o no) de las cosas. La culpa se ha transformado en ese bien común que no pertenece a aquel que se siente dueño de la verdad, la ceguera es tuya porque lo digo yo que no soy culpable: la audacia que otorga la ignorancia.
Afortunadamente, volviendo al cristianismo y sus cosas, una de las más bellas parábolas de Jesús encierra una verdad del tamaño de una catedral: “La verdad os hará libres”. Para muchos esa verdad se encuentra en el quehacer cotidiano de las letras o del hecho de contar historias (libros, películas, etc.), encontrar un nuevo matiz y una nueva perspectiva de las cosas. Es entonces cuando el lector en busca de un algo que no encuentra en sí mismo se ve atrapado y se atreve a ir de la mano del personaje que no se atreve a vivir él mismo, personaje y lector se necesitan para ir acompañados a un infierno prestado mutuamente. En este momento la narrativa entendida como la lucha contra esa ceguera entra en la pregunta fundamental del “¿qué contar?”, más allá de los estilos, los géneros, las temáticas. El tema siempre vuelve a ser uno: el personaje y su encuentro con ese yo que desconoce, el infierno interior reflejado en el caos exterior y otra vez las grandes plumas como Chuck Palahniuk, Philip K. Dick y Bret Easton Ellis, por mencionar algunos vuelven a ser el sustento de nuevos viajes interiores. Cintas cómo Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Angel Heart (Alan Parker, 1987), Last exit from Brooklyn (Uli Edel, 1989), y ya en los años noventa Fight Club (David Fincher, 1999) vuelven a poner el estilo Noir en el celuloide como una estética que ha sobrevivido al cine de detectives y le entregan su esencia fundamental de búsqueda de sí mismo. Al espectador le da casi lo mismo descubrir si se es un replicante en caza de sus iguales, que ser un detective contratado por el diablo para descubrirse a sí mismo como asesino, o manejar un taxi al lado de prostitutas de quince años o tener un alter ego terrorista, peleonero y que fabrica jabón, todos estos personajes acaban por ser habitantes de un escenario exterior con matices infernales que retratan su verdadero ser. Al igual que el personaje, el espectador (lector) cae en la misma epifanía de ese libro o pantalla cinematográfica que acaba siendo él mismo. La frase mítica de Edipo: “¡Ay de mí, infortunado! Me parece que acabo de precipitarme a mí mismo, sin saberlo, en terribles maldiciones”, tiene más vigencia que nunca. La culpa no es de nadie, cada vez que bajemos la mirada, la ciudad siempre seguirá ahí.
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