A los 84 años, Estela Mendoza Barajas vive en un pequeño hogar en la zona centro de Ciudad Frontera, con los recuerdos de toda una vida de esfuerzo y con el eco del silencio que dejaron los pasos de sus hijos, ausentes desde hace tiempo. Lo único que pide, con voz serena, pero firme, es que no le arrebaten su derecho de decidir dónde vivir.
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“Le dije a un asilo yo no voy, y uno de ellos me dice: ‘Ahí te vas a morir sola’. Pues ni modo”, repite con resignación, pero también con orgullo. Porque aunque sus días transcurren en soledad, su espíritu no ha sido doblegado.
A los 28 años quedó viuda con siete hijos, y desde entonces se convirtió en madre, padre, sostén y refugio de su familia.
“Quedé viuda a los 28 años, sufrí mucho. Trabajé en el Seguro, no había festivos para mí, era trabajar y trabajar para sacar mis hijos adelante. Y si ellos no se quieren venir a ver, ellos sabrán por qué”, cuenta mientras recuerda jornadas de esfuerzo que hoy solo ella atesora.
La soledad que no se ve
Hoy, con movilidad reducida por un problema en la columna, Estela vive con lo justo que le deja su pensión, enfrentando gastos de renta, comida y el pago a una persona que la ayuda ocasionalmente con la limpieza y la compañía. Su hija en Acuña rara vez la llama, otros viven en Monclova pero no la visitan, uno en Saltillo la apoya de vez en cuando, y otro está preso, a quien visita una vez al mes.
El temor de perder el control de su vida
Pero ni la distancia ni la indiferencia le han arrebatado el espíritu. Lo que más teme no es la vejez, sino que alguien quiera decidir por ella.
“Estoy bien, yo quiero estar aquí, no en un asilo. Ya les he dicho que en un asilo no”, afirma con convicción.
La resiliencia como respuesta
La soledad no ha apagado su esperanza. Con cada nuevo día, Estela se levanta y agradece poder decidir por sí misma.
Su historia es un llamado a la empatía, pero también al respeto y a la reflexión.
Si alguien desea apoyarla, puede hacerlo directamente visitándola o llevándole algo de despensa o ayuda económica directamente en su domicilio, en la calle Libertad número 319, en la zona centro de Ciudad Frontera.
Estela los recibirá con una sonrisa y, seguramente, una historia de vida que vale la pena escuchar.

