Antonio tenía 58 años y una vida marcada por el trabajo duro, recogiendo chatarra bajo el sol ardiente de Ciudad Frontera. Aquella noche, salió con la intención sencilla de comprar una caguama, sin saber que sería su último trayecto.
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Vivía en una humilde casa sobre el camino al relleno sanitario, donde cada día comenzaba con el sonido metálico de su oficio. A las nueve de la noche, cruzó la puerta con paso tranquilo, como tantas veces antes, rumbo al libramiento Carlos Salinas de Gortari.
El libramiento, testigo de tantos pasos y motores, se volvió escenario de tragedia cuando Antonio intentó cruzar hacia la Occidental. Un vehículo, aparentemente un tráiler, lo embistió sin freno ni remordimiento, dejando tras de sí el silencio más cruel.
El conductor huyó sin mirar atrás, como si la vida que arrebató no tuviera nombre ni historia. Antonio quedó tendido sobre el asfalto, con su último deseo inconcluso y su jornada interrumpida por la fatalidad.
Paramédicos de Cruz Ámbar llegaron con rapidez, pero sólo para confirmar lo inevitable: Antonio ya no respiraba. Su cuerpo fue acordonado por las autoridades, mientras la noche se llenaba de luces rojas y murmullos de incredulidad.
Se montó un operativo en busca del responsable, pero el anonimato del libramiento protegió al culpable. Antonio, hombre sencillo y trabajador, se convirtió en una cifra más, en una historia que duele por su cotidianidad.

