En la madrugada silenciosa, sobre la calle Obrero Unido, yacía un cuerpo que alguna vez fue símbolo de fuerza, coraje y aplausos en Monclova.
Era Juan Antonio Picasso, el exluchador King Warriors, vencido no por un rival en el ring, sino por la vida misma, que lo dejó tendido en el pavimento.
Publicidad NRT
TE PUEDE INTERESAR: Despiden a bombero fallecido en accidente

Intentó cruzar un bordo en su silla de ruedas, pero el destino lo empujó al suelo, como si le recordara que ya no podía pelear.
Vecinos pensaron que había sido atropellado, y con el corazón encogido llamaron al número de emergencias, temiendo que el ídolo local hubiera caído para siempre.
Autoridades llegaron antes de la una de la mañana, encontrando al hombre ebrio, solo, y derrotado por una noche más de lucha contra sus propios demonios.
La diligencia reveló que salió de casa sin rumbo, buscando quizás un poco de aire, un poco de olvido, un poco de lo que ya no tiene.

Paramédicos de la Cruz Roja lo atendieron con cuidado, pero él se negó a ir al hospital, como si ya no quisiera más ayuda, ni más compasión.
Un sobrino llegó a recogerlo, con los ojos llenos de tristeza, sabiendo que cada caída es una herida más que no se puede curar.
El joven confesó que cuidar a su tío es una batalla diaria, pues la diabetes le robó las piernas y la esperanza de volver a caminar.
Desde entonces, el alcohol se convirtió en su refugio, en su escape, en la única forma de olvidar que el ring ya no lo espera con vítores.
También contó que su tío se escapa para pedir caridad, comprar licor y perderse en las calles, arriesgando su vida como si ya no le importara.
Así, el guerrero de Monclova sigue cayendo, no por falta de fuerza, sino por el peso de una tristeza que nadie ha logrado levantar

