La Candelaria se vive entre masa, hojas, tamales y familia en Monclova

Ubicado en la calle Juárez, en pleno corazón del Centro de Monclova, el local de Doña Mimí no necesita letreros luminosos ni grandes campañas de marketing. Su mejor publicidad es el aroma que emana de sus vaporeras al rojo vivo, su delantal con Frida, y la calidez de una mujer que lleva 25 años alimentando tradiciones… y almas, especialmente este 2 de febrero, Día de la Candelaria.

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Porque cuando se trata de esta fecha , en esta cocina no hay descanso, pero sí mucha fe, organización y cariño.

“Yo voy guardando, voy guardando, voy guardando… y ya para el 2 de febrero nomás ponemos todas las vaporeras y a cocer los tamales”, dice con orgullo Doña Mimí mientras el vapor sube entre tamales apilados y manos con experiencia.

Con más de 25 años de historia tamalera, Doña Mimí ha convertido este pequeño local en una parada obligatoria para quienes celebran la tradición de pagar la promesa hecha con la rosca de Reyes a quienes les tocó el niñito Dios: llevar tamales el Día de la Candelaria.

“Hay veces que mis clientes, que son consentidos todos, me piden con horas de anticipación y yo me organizo. A veces contrato más gente para poder entregar a tiempo”.

Y no es poca cosa: por ahora ya acumula 34 pedidos, con un promedio de 12 docenas cada uno, es decir, más de 5 mil tamales listos para cocerse, aunque la cifra podría llegar hasta 70 pedidos en total. Un esfuerzo que solo es posible con el sazón, la experiencia y un corazón que no se cansa de cocinar con amor.

Los tamales más vendidos son los tradicionales de hoja con puerco, aunque también hay opciones de pollo, queso con rajas, dulces y de acelga.

“Todo lo que preparo es con calidad. No hago tamales nomás para beneficiarme yo, sino para que ellos los disfruten. Eso me llena”.

El sabor es solo una parte del encanto. Lo que realmente distingue a este negocio es la devoción con la que se trabaja cada tamal, desde la masa hasta la entrega. Muchos clientes la buscan año con año, incluso si viven fuera.

“Una señora vino ayer y me dijo: ‘Tenía mucho sin venir, pero a mi hija le encantan sus tamales’. Eso para mí es una satisfacción muy grande”.

Doña Mimí lleva casi un cuarto de siglo en este negocio. Su cuerpo, dice, ya no responde igual, pero su fe y pasión la sostienen. “Mis fuerzas son escasas… pero Dios es quien me fortalece”, afirma.

En medio del hervor y el olor a masa recién cocida, Doña Mimí lo resume con una frase que va más allá del platillo:

“Lo bonito no es solo el tamal, sino que ese día las familias conviven.”

Porque más allá de la receta, el Día de la Candelaria es una excusa para reunirse, reír, compartir el pan… o el tamal.

En cada docena entregada, hay esperanza, hay unión, hay historias que se cocinan lento, como en los viejos tiempos.

Y así, mientras Doña Mimí sigue envolviendo uno a uno, también envuelve la tradición de todo un pueblo, de generación en generación.

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