El 11 de marzo de 2011 quedó marcado como uno de los momentos más trágicos en la historia reciente de Japón. Ese día, un terremoto de magnitud 9.1 sacudió la costa oriental de la isla de Honshu, con epicentro en el océano Pacífico cerca de la ciudad de Sendai.
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Menos de una hora después, un poderoso tsunami con olas de hasta 14 metros impactó la región, provocando devastación en comunidades costeras. El desastre dejó cerca de 20 mil personas fallecidas y daños masivos en infraestructura, viviendas y servicios básicos.
El impacto del tsunami también afectó gravemente a las plantas nucleares de Fukushima Daiichi y Fukushima Daini. La inundación interrumpió el suministro eléctrico y dañó sistemas clave de seguridad, lo que provocó fallas en los sistemas de enfriamiento de los reactores.
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En la central Fukushima Daiichi, tres reactores sufrieron sobrecalentamiento y fusiones parciales del combustible nuclear, lo que derivó en liberaciones de material radiactivo. Ante el riesgo, las autoridades ordenaron evacuar a unas 154 mil personas en un radio de hasta 20 kilómetros alrededor de la planta.
Expertos señalaron que el desastre fue resultado de una combinación de factores naturales y fallas técnicas. La magnitud del tsunami superó ampliamente las previsiones consideradas durante el diseño original de la central en la década de 1960.
Quince años después, Fukushima continúa siendo un símbolo global de los riesgos asociados a los desastres naturales y la tecnología nuclear. Los trabajos de limpieza y desmantelamiento de la planta siguen en marcha y podrían prolongarse durante varias décadas.
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