La mañana se tiñó de tristeza en la colonia El Campanario, cuando la vida de Gabriel Flores Oranday, “Popeye”, se apagó para siempre.
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Su esposa lo encontró sin aliento en la sala, sobre el sillón donde tantas veces descansó, sin imaginar que sería su último reposo.
La noche anterior había llegado tarde, cansado, como tantas veces. Ella lo escuchó roncar, creyó que todo estaba bien, y se fue a dormir tranquila.
Pero al amanecer, el silencio fue insoportable. Lo llamó, lo sacudió, y él no respondió. El corazón de la familia se quebró.
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De inmediato pidió ayuda, pero los paramédicos de Cruz Roja confirmaron lo inevitable: Gabriel ya no tenía signos vitales, la muerte lo había alcanzado.
La noticia corrió rápido. Vecinos, amigos y compañeros de la Policía Municipal de Monclova llegaron, incrédulos, a despedirse del hombre que alguna vez fue mando operativo.
El área fue resguardada por elementos municipales, mientras agentes de la Agencia de Investigación Criminal confirmaban que no había violencia, solo un probable infarto fulminante.
El recuerdo de “Popeye” se mezcla con sombras recientes: su detención en febrero, los rumores, las caídas. Pero hoy, lo que pesa es la ausencia.
La comunidad lo conocía como un hombre duro, pero también como padre, esposo, vecino. Su partida deja un vacío que nadie podrá llenar.
Finalmente, su cuerpo fue trasladado al Servicio Médico Forense, donde la necropsia confirmará lo que todos temen: que la vida se le escapó sin despedida.

