La Iglesia Católica llamó a colocar la verdad, la dignidad humana y la responsabilidad en el centro de la educación, luego de las irregularidades detectadas en el examen de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México, un caso que abrió nuevamente la discusión sobre una cultura en la que el éxito parece adquirir mayor valor que la honestidad y el esfuerzo.
Desde la reflexión cristiana, lo sucedido no debe reducirse únicamente a la existencia de herramientas utilizadas para engañar o a la posibilidad de evadir los controles institucionales. El problema de fondo es que la mentira comienza a considerarse un recurso aceptable cuando permite alcanzar una meta, aunque para ello sea necesario quebrantar reglas y traicionar la confianza de la sociedad.
“Cada época enfrenta sus propias tentaciones, y la nuestra asoma con el riesgo de convertir el éxito en una medida de alto valor, sin importar el camino para llegar a él”, señala la reflexión de la Iglesia Católica.

Aunque hacer trampa para obtener un beneficio no es un fenómeno nuevo, resulta preocupante que buena parte de las conversaciones difundidas en redes sociales se hayan concentrado en la eficacia de los métodos utilizados y no en la gravedad del engaño.
La Iglesia advirtió que ninguna sociedad puede sostenerse bajo la lógica de que el fin justifica los medios, porque aceptar esa idea termina destruyendo uno de los valores fundamentales para la convivencia: la confianza.
La población confía en que un médico obtuvo su título por medio de su preparación; que un ingeniero construye un puente con conocimientos suficientes; que un juez dicta sus resoluciones con rectitud y que un servidor público actúa pensando en el bien común. Cuando la mentira deja de causar vergüenza y el engaño comienza a presumirse como una habilidad, esa confianza se debilita.

Por ello, el caso del examen de admisión debe convertirse en un llamado a preguntarse qué tipo de personas se están formando, cómo se mide el valor de los estudiantes y qué clase de sociedad se desea construir.
Desde la doctrina católica se sostiene que la dignidad humana no depende de los resultados, la productividad, la eficiencia ni la utilidad de una persona. Cada ser humano posee un valor propio que debe ser protegido por encima de cualquier logro académico, económico o profesional.
La Iglesia recordó las palabras de Cristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, contenidas en el Evangelio de San Juan, para destacar que la manera de alcanzar una meta importa tanto como el resultado.

“No existe un verdadero triunfo si para alcanzarlo es necesario renunciar a la verdad, porque el camino también moldea a la persona que estamos llamados a ser”, expone el mensaje.
La reflexión también dirige una pregunta a madres, padres de familia, docentes e instituciones educativas: ¿se está enseñando a los jóvenes que la inteligencia consiste en encontrar el atajo perfecto o que la verdadera sabiduría está en elegir el bien, incluso cuando nadie los observa?
La Iglesia Católica sostuvo que todavía es posible corregir el rumbo y formar una generación que entienda que el éxito sin verdad pierde su valor. El futuro dependerá de la capacidad de colocar la honestidad, la justicia y la dignidad humana en el centro de todas las decisiones.

