¿Los famosos taconazos salvaron la Independencia? La verdadera historia de Josefa Ortiz

Cada 15 y 16 de septiembre, el nombre de Josefa Ortiz de Domínguez vuelve a aparecer entre los personajes fundamentales de la Independencia de México. La imagen que ha quedado en la memoria popular es la de una mujer encerrada por su esposo, el corregidor de Querétaro, que golpeó el suelo con sus zapatos para alertar a los conspiradores de que habían sido descubiertos.

Pero detrás de los famosos “taconazos” existe una historia mucho más amplia. Josefa no fue simplemente una mujer que tuvo un momento de valentía la noche previa al levantamiento: participó activamente en la conspiración de Querétaro y mantuvo su apoyo a la causa insurgente incluso después de que el movimiento había comenzado.

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De huérfana a figura clave de la conspiración

María Josefa Crescencia Ortiz Téllez-Girón nació el 19 de abril de 1773 en la ciudad de México. Quedó huérfana desde pequeña y estuvo bajo el cuidado de su hermana mayor.

En 1789 ingresó al Colegio de San Ignacio de Loyola, conocido como Colegio de las Vizcaínas, una de las instituciones que ofrecían educación a mujeres en la Nueva España.

Ahí conoció a Miguel Domínguez, con quien posteriormente se casó. Domínguez sería nombrado corregidor de Querétaro y ambos se trasladaron a esa ciudad.

En Querétaro, Josefa comenzó a relacionarse con distintos grupos de criollos y simpatizantes de las ideas de autonomía. Su casa se convirtió en uno de los lugares donde se realizaban reuniones que, bajo la apariencia de tertulias, servían para discutir los planes de los conspiradores.

Entre quienes participaron en esas reuniones estuvieron Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y los hermanos Epigmenio y Emeterio González.

Pero Josefa no se limitó a prestar su casa.

El INEHRM documenta que participaba activamente en la circulación de información y en el envío de comunicaciones entre los integrantes de la conspiración. Incluso existen documentos de autoridades virreinales que la señalaron directamente como una de las principales personas involucradas en la conjura.

La conspiración fue descubierta

El plan original de los conspiradores no contemplaba comenzar el levantamiento el 16 de septiembre.

La conspiración de Querétaro fue descubierta antes de que pudieran ejecutar sus planes. Entre el 10 y el 11 de septiembre de 1810, distintas denuncias llegaron a las autoridades virreinales y comenzaron las investigaciones.

El 13 de septiembre, Miguel Domínguez recibió la orden de investigar la conspiración.

El problema era que su propia esposa estaba involucrada.

Para evitar que pudiera alertar a los insurgentes, Domínguez encerró a Josefa en su habitación. Sin embargo, ella consiguió hacer llegar el aviso de que la conspiración había sido descubierta.

Y aquí aparece uno de los episodios más famosos de la historia.

¿Realmente fueron tres taconazos?

La versión popular cuenta que Josefa golpeó repetidamente el suelo con sus zapatos para llamar la atención de Ignacio Pérez, un alcalde que se encontraba en la parte inferior de la vivienda.

Pérez habría entendido el mensaje y posteriormente salió de Querétaro para informar a los conspiradores.

Los “taconazos de La Corregidora” forman parte de la tradición histórica que se ha transmitido durante generaciones. Incluso publicaciones históricas del INEHRM recogen esta versión. Sin embargo, los documentos que conserva el instituto permiten establecer con mayor certeza algo fundamental: Josefa logró comunicar que la conspiración había sido descubierta y que los participantes estaban en riesgo de ser detenidos.

Por eso, más que concentrarse únicamente en si fueron exactamente tres golpes de tacón, lo importante históricamente es que Josefa consiguió romper el cerco en el que se encontraba y enviar el aviso que aceleró el levantamiento.

La información llegó a Ignacio Allende y a otros conspiradores, mientras que el movimiento que estaba previsto para una fecha posterior terminó adelantándose.

Finalmente, en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo y los insurgentes iniciaron el levantamiento en Dolores.

Y Josefa tampoco fue una simple espectadora después del Grito

Otro detalle que suele quedar fuera de las versiones más conocidas es que la participación de Josefa no terminó aquella noche.

Después del inicio de la insurgencia, las autoridades continuaron vigilándola debido a sus vínculos con los rebeldes.

En 1811 ya existían informes dirigidos al virrey en los que se advertía sobre sus actividades y su simpatía hacia la insurgencia. Años después, las acusaciones continuaron.

En 1813, el funcionario Mariano Beristáin llegó a describirla ante el virrey como una mujer particularmente peligrosa para los intereses de la Corona y la comparó con Ana Bolena, una referencia que muestra el nivel de preocupación que generaba su actividad política.

A finales de ese mismo año se ordenó su arresto y traslado a la Ciudad de México para enfrentar un proceso por infidencia.

La prisión no la hizo cambiar de postura

Josefa fue recluida en distintos conventos mientras enfrentaba el proceso. Durante su encarcelamiento incluso escribió al virrey para reclamar que no se le informaban claramente las razones de su prisión y para exponer la situación de su familia.

Finalmente, el 16 de noviembre de 1816 recibió una condena de cuatro años de prisión.

Meses después, el 17 de junio de 1817, fue liberada por disposición del virrey Juan Ruiz de Apodaca.

Para entonces, la guerra de Independencia todavía no había terminado.

Rechazó honores después de la Independencia

La historia de Josefa todavía tuvo un último episodio importante.

Cuando Agustín de Iturbide consumó la Independencia y posteriormente se convirtió en emperador de México, Josefa rechazó un nombramiento como dama de honor de la emperatriz Ana María Huarte.

La decisión fue coherente con sus posiciones políticas y con su rechazo a una monarquía que consideraba contraria a sus principios.

Josefa Ortiz de Domínguez murió el 2 de marzo de 1829, en la Ciudad de México.

Sus restos fueron trasladados posteriormente a Querétaro, donde desde 1894 reposan en el Panteón de los Queretanos Ilustres.

Mucho más que tres golpes de tacón

La imagen de La Corregidora golpeando el suelo con sus zapatos resulta fácil de recordar, pero su verdadera participación fue mucho más compleja.

Josefa fue parte de una red de conspiradores, facilitó reuniones, transmitió información, alertó sobre el descubrimiento de la conjura y posteriormente mantuvo sus convicciones a pesar de la persecución y el encarcelamiento.

Por eso, decir que “salvó la Independencia con tres taconazos” es una simplificación, pero afirmar que su papel fue únicamente una leyenda también sería incorrecto.

Lo que sí está respaldado por documentos históricos es que Josefa Ortiz fue una participante activa de la conspiración de Querétaro y que su aviso permitió que los insurgentes supieran que habían sido descubiertos, un hecho que contribuyó a que el levantamiento comenzara antes de lo planeado.

Quizá la verdadera historia de La Corregidora sea incluso más interesante que la leyenda: no fue solamente la mujer de los taconazos, sino una de las personas que arriesgó su libertad por una causa que todavía tardaría once años en convertirse en la Independencia de México.

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