El padre Francisco Isaac Cortez jamás imaginó que aquel viaje matutino por la carretera 57 se convertiría en un recuerdo imborrable. Estaba marcado por la fe y el asombro. Mientras el sol apenas despuntaba sobre el horizonte, su automóvil negro avanzaba rumbo al sur. Cruzaba el paisaje árido entre Monclova y Saltillo.
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En el kilómetro 127, el destino cambió de golpe: un descuido, un volantazo. El vehículo salió del camino y cayó al barranco, como si el tiempo se detuviera. El silencio que siguió al estruendo fue profundo. Parecía como si el desierto contuviera la respiración ante lo ocurrido.
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El auto dio varias vueltas antes de quedar en posición normal, rodeado de polvo y piedras, con el sacerdote aún dentro, aturdido pero consciente. Con golpes leves y el corazón latiendo con fuerza, logró salir por su propio pie, como si una fuerza invisible lo hubiera protegido.
Subió lentamente a la carretera, con la sotana arrugada y el rostro cubierto de tierra, buscando ayuda entre los pocos vehículos que pasaban. Minutos después, paramédicos de Castaños llegaron al lugar, brindándole atención mientras él repetía que había sido un milagro.
La Guardia Nacional tomó conocimiento del accidente. Mientras, el padre relataba lo sucedido con voz serena, como quien ha visto la fragilidad de la vida de cerca. El vehículo fue retirado más tarde. Sin embargo, el recuerdo quedó grabado en la memoria del sacerdote.

