San Buenaventura.- El dolor del corazón pudo más que las palabras de consuelo, y un vecino del fraccionamiento Arboledas decidió ponerle fin a su sufrimiento.
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Julio César “N”, de 43 años, no logró superar el divorcio con su esposa y la tristeza lo fue consumiendo poco a poco cada día.
Vecinos contaron que el hombre pasaba las tardes con una botella en la mano, buscando olvidar en el alcohol lo que el alma no podía sanar.
Su familia trató de ayudarlo, pero el desánimo lo envolvió por completo, convirtiendo su hogar en un lugar de silencio y recuerdos imposibles de borrar.
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La tragedia ocurrió el pasado domingo, alrededor de las cuatro de la tarde, en su casa marcada con el número 167 de la calle Nogales.
Su hijo, un joven de apenas 17 años, salió al patio y se topó con la escena más dolorosa que un hijo puede presenciar.
El muchacho gritó con desesperación, corrió por ayuda y avisó a su abuela, la señora Ludivina Josefina, quien no podía creer lo que veía.
Minutos antes había hablado con su hijo por WhatsApp, enviándole mensajes de aliento, pidiéndole que no se rindiera y que siguiera adelante por su familia.
Pero ya era demasiado tarde: el cansancio del alma había ganado la batalla que nadie conocía por completo.
Las lágrimas corrieron entre los vecinos que observaban el movimiento de las patrullas, sin entender cómo la tristeza puede ser tan silenciosa y mortal.
Paramédicos confirmaron el fallecimiento, mientras los familiares se abrazaban en medio de la desesperación y el llanto.
El caso de Julio César deja una lección dolorosa: cuando la tristeza pesa más que la esperanza, el corazón también puede rendirse sin avisar.

