Para don Anselmo, de 65 años, los automóviles se han convertido en una especie de maldición moderna. En menos de una semana, el hombre ha protagonizado dos accidentes que parecen sacados de una comedia urbana.
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El primero ocurrió afuera de unas cantinas en el bulevar Harold R. Pape con Bruno Neira. Don Anselmo, animado por unas copas de más, abordó su Chevrolet Aveo color vino y decidió echarse de reversa. El problema fue que calculó mal la distancia y terminó besando el carro de atrás. Por fortuna, los daños fueron mínimos, aunque las autoridades lo detuvieron por su estado etílico. Tras pagar las infracciones, recuperó su libertad y se llevó como recuerdo una mica quebrada del foco.
Pasaron los días y el karma, que nunca descansa, volvió a buscarlo. Esta vez, sobrio y tranquilo, estacionó su vehículo sobre la calle Zaragoza, casi esquina con Ocampo. Apenas se acomodaba cuando apareció un conductor imprudente que circulaba hacia el poniente. El sujeto se recargó demasiado a la izquierda y ¡zas!, le dejó marcadas las dos puertas del lado del copiloto.
El colmo fue que el responsable huyó sin dar la cara, dejando a don Anselmo con la amarga sensación de que el universo tiene algo personal contra él. Las autoridades municipales tomaron conocimiento del percance, pero el imprudente ya había desaparecido.
Así, en menos de una semana, don Anselmo pasó de ser el culpable con copa en mano al afectado sobrio y resignado. Los vecinos aseguran que debería considerar estacionar su Aveo en un museo, porque cada salida parece convertirse en un episodio digno de risa… aunque para él, claro, no tanto.

