La mañana en Escobedo se tornó angustiante cuando una pequeña de apenas un año y medio comenzó a convulsionar debido a una fiebre alta.
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Su madre, Perla Rosales, desesperada por la situación, solicitó de inmediato el apoyo de una ambulancia para salvar a su hija Isamar.
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El personal de Protección Civil respondió con rapidez, encontrando a la madre visiblemente afligida mientras sostenía a su hija en brazos. Al tocar la frente de la niña, confirmaron lo que temían: una temperatura peligrosamente elevada que ponía en riesgo su vida.
Los socorristas actuaron con urgencia, brindando los primeros auxilios en el lugar antes de emprender el traslado hacia la clínica 7 del Seguro Social en Monclova. Cada segundo contaba, y el llanto de la madre acompañaba el sonido de la sirena que rompía el silencio del camino.
El departamento de Tránsito Municipal de Monclova intervino para agilizar el paso de la ambulancia, abriendo camino entre el tráfico con la esperanza de ganar tiempo. La ciudad entera pareció detenerse por un instante, uniendo su atención al destino de una niña que luchaba por respirar.
Al llegar a la clínica, los especialistas tomaron el relevo, estabilizando a Isamar con el profesionalismo que solo la experiencia en emergencias puede ofrecer. La tensión se mantuvo hasta que finalmente se reportó su estado de salud como estable, un alivio entre tanta incertidumbre.
Aunque la amenaza pasó, el recuerdo de esos minutos eternos quedará grabado en la memoria de su madre, que no soltó su mano ni un segundo. La fiebre cedió, pero el miedo dejó una huella que solo el tiempo podrá suavizar.
Hoy, Escobedo respira con más calma, agradecido por la vida de una niña que estuvo al borde del abismo. Y en cada sirena, se escucha el eco de una esperanza que no se rinde.

