Despachador arrastrado por joven imprudente

Una tarde cualquiera en la zona centro se convirtió en recuerdo imborrable, cuando un adolescente arriesgó todo por escapar tras llenar un tanque de combustible.
Dos mil pesos bastaron para provocar el caos, dejando atrás la rutina del despachador, que jamás imaginó lo que aquella camioneta blanca estaba a punto de hacer.

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José Luis Güel Medrano, hombre de trabajo incansable, intentó detener el escape aferrándose con fuerza a la puerta de la Chevrolet, como si pudiera frenar el destino.
El joven no dudó en acelerar con violencia, arrastrando al despachador por varios metros mientras el sonido del motor se mezclaba con la incredulidad del momento.

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Por unos segundos flotó en el aire el esfuerzo de un hombre que solo buscaba justicia, hasta que el pavimento le recordó su fragilidad.
Cayó de golpe y se lastimó el brazo izquierdo, con moretones que no solo marcaron su piel, sino también la historia de aquel día.

La policía fue alertada tras el incidente en la estación ubicada en calle Juárez y lanzó un operativo veloz, recorriendo calles en busca de la camioneta que dejó tras de sí una escena dolorosa.
La encontraron en la colonia Guadalupe, estacionada como si nada, mientras dentro de una casa, el joven se escondía del mundo que ahora lo perseguía.

El padre salió en su lugar, dispuesto a pagar por el combustible y los daños, pero no por los actos cometidos por su hijo.
Nunca lo entregó, solo ofreció dinero y disculpas, como si eso pudiera borrar la angustia de un trabajador arrastrado por la imprudencia.

Noventa y dos litros fueron testigos silenciosos de la tragedia que nació de una travesura sin sentido.
El dolor no se mide en pesos, se lleva en el cuerpo, en la memoria y en la mirada de quien solo hacía su trabajo.

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