La mañana amaneció rota en la colonia Pemex, donde la motocicleta de José Manuel Ponce Hernández se estrelló contra un automóvil rojo, apagando su luz.
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Era bombero, socorrista, miembro de Águilas Doradas, hombre que tantas veces rescató vidas, pero no pudo salvar la suya en aquel instante desgarrador.
Lo apodaban “La Cobra”, y todos lo reconocían por su entrega, por llegar siempre primero a los llamados de auxilio, con valentía infinita.
Ese día salió en compañía de Juan Luis, de diecisiete años, y Katia Esmeralda, de quince, sin presentir que pedaleaban hacia la tragedia.
El reloj se acercaba a las siete cuando alcanzaron el cruce con la carretera treinta, donde el semáforo rojo marcaba un destino cruel e ineludible.
La investigación señala que José Manuel lo cruzó a gran velocidad, y en ese instante, la vida decidió romper su camino de servicio.
Un sedán rojo circulaba rumbo al poniente, su conductor intentó frenar, pero fue inútil, el choque los lanzó con violencia brutal contra el pavimento.
Los cuerpos rodaron sobre el asfalto frío, mientras la gente corría con angustia, y el silencio se llenaba de gritos, llanto y desesperanza colectiva.
Paramédicos llegaron de inmediato, encontraron a “La Cobra” agonizando, con mirada perdida, y a los jóvenes heridos, todos atrapados entre dolor y destino irremediable.
Fueron trasladados al hospital Amparo Pape, donde minutos después confirmaron lo impensable: el héroe de tantos rescates se había ido, dejando huérfana a su comunidad.
Compañeros de uniforme no pudieron contener lágrimas, recordaron las veces que arriesgó su vida por salvar desconocidos, y hoy lloran no haber podido salvarlo.
José Manuel partió como vivió: en la calle, sirviendo, luchando, dejando detrás una historia que se escribirá siempre con tristeza y gratitud en cada corazón.

