Hasta hace algunos años, el riesgo parecía estar en las calles oscuras o en espacios poco concurridos. Se nos enseñó que el peligro tenía rostro visible y pasos sospechosos. Hoy, sin embargo, el desconocido ya no necesita esconderse en una esquina: tiene conexión a internet, un perfil atractivo y, sobre todo, paciencia.
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El grooming —ciberacoso sexual contra niñas, niños y adolescentes— es un delito que consiste en que un adulto se haga pasar por un menor para ganar la confianza de la víctima con fines sexuales o de manipulación.
No comienza con amenazas ni violencia directa; inicia con escucha, empatía aparente y frases como “yo sí te entiendo”, que pueden convertirse en un refugio emocional para menores que atraviesan soledad o incomprensión.

El proceso es gradual. El agresor se integra como “uno más”, conversa durante semanas o meses, identifica inseguridades, celebra logros y se convierte en confidente.
Posteriormente traslada la comunicación a espacios privados, introduce insinuaciones disfrazadas de broma y, cuando la relación está consolidada, ejerce presión, manipulación o chantaje.
Ante este escenario, la Iglesia Católica ha encendido una alerta preventiva. A través de la revista impresa Desde la Fe, de la Arquidiócesis Primada de México, se aborda el grooming como un riesgo real que exige conciencia familiar y acompañamiento permanente.
El objetivo, subraya la publicación, no es satanizar la tecnología, sino sensibilizar a padres y tutores sobre la responsabilidad compartida en el entorno digital.

Las plataformas digitales y los videojuegos en línea se han convertido en espacios centrales de socialización juvenil. Roblox, Minecraft y otras comunidades virtuales concentran millones de usuarios activos diariamente.
Son plazas públicas digitales donde los menores construyen identidad y vínculos, pero también espacios donde pueden infiltrarse adultos con perfiles falsos.
La vulnerabilidad adolescente tiene bases científicas. El córtex prefrontal, responsable del juicio y el control de impulsos, termina de madurar alrededor de los 25 años. Mientras tanto, el sistema de recompensa es especialmente sensible a la aprobación social y a estímulos variables.
En entornos diseñados con recompensas impredecibles y reconocimiento constante, la conexión emocional puede imponerse sobre la evaluación del riesgo

Si se suma el uso nocturno de pantallas, la capacidad crítica disminuye aún más.
La Iglesia Católica advierte que el grooming no distingue tipo de familia ni nivel socioeconómico. Ocurre donde hay un dispositivo sin supervisión y un menor que busca pertenencia.
Muchas veces la víctima no se percibe como tal al inicio, y la vergüenza o el miedo al castigo prolongan el silencio.
Frente a ello, la invitación es clara: acompañamiento constante de los adultos, límites definidos al uso de dispositivos, evitar el juego nocturno, mantener equipos en espacios comunes, conocer las plataformas que usan los hijos y dialogar abiertamente sobre identidades falsas. Además, se enfatiza la prohibición absoluta de encuentros presenciales con desconocidos.
Decir “está en casa, está seguro” ya no es suficiente. El entorno digital ha transformado la manera en que opera el riesgo. Para la Iglesia Católica, la prevención comienza con la escucha activa, la confianza y la presencia real de los padres en la vida digital de sus hijos.
La diferencia entre una anécdota incómoda y una tragedia puede depender de algo tan prioritario como acompañar y escuchar a nuestros pequeños
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