“La gente sigue saliendo sin cubrebocas y hace fiestas pero no es justo, nosotros ya nos cansamos”: Médicos COVID

Vivir y tener que superar en cuestión de minutos las muertes de pacientes y compañeros, pasar cientos de hora de batalla luchando contra un virus, no poder abrazar a sus familiares por miedo a contagiarlos son tan solo algunos de los sacrificios que día tras días tienen que realizar los médicos COVID-19 de México.

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Lizbeth Salazar Rodríguez, doctora del Hospital Belisario Domínguez ubicado en Ciudad de México, casi es derrotada por el Coronavirus ya que, a pesar de tener que pasar por todo lo anteriormente mencionado, ella continúa viendo cómo es que sus esfuerzos son en vano, ya que aún hay una gran cantidad de personas que actúan como si la pandemia no existiera.

“Hay días en que pensaba: ‘ya no quiero, porque aumentan los pacientes y nosotros seguimos aquí’, pero es lo que escogí y voy a seguir, por algo nos tocó vivir esto”, admitió el día de ayer, misma fecha en la que la CDMX alcanzó una propagación importante de este virus.

La Dra. Salazar estaba en el área de quirófanos y se integró a la atención de pacientes con el nuevo coronavirus. En abril llegó el primer caso. No recuerda mucho, pues pronto se sucedieron otros y otros más, sin tiempo de asimilarlos. Lo que tiene presente es el pánico de los meses iniciales por el alto riesgo de contagio por vía aérea.

Sabíamos que el virus lo encontraríamos en todos lados“, rememora.

En el corte más reciente, este hospital reporta al menos 91 enfermeras, 3 médicos, 4 residentes y 12 administrativos contagiados, entre ellos un galeno y una supervisora de enfermería que fallecieron.

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“Al saberlo se estremecieron todos. El hospital se siente silencioso, son pérdidas de quienes son nuestra familia, el hospital es nuestra otra casa, nuestra otra familia, nos complementamos, estamos la mitad del día con ellos y sí nos duele”, lamenta.

El día que México alcanzó los 100 mil muertos, el piso en el que labora se llenó con 10 intubados y la cantidad de personas con dificultad para respirar se triplicó.

En casa, lo más importante sigue siendo no exponer a su familia. Algunos de sus colegas se mudaron para reducir riesgo, pero ella no ha podido. Así es que cada día cumple el protocolo con precisión quirúrgica. El retiro de batas, goggles, botas, careta, guantes, cubrebocas. Bañarse antes de dejar el hospital. Separar la ropa ya en su hogar, ducharse de nuevo y aún así… convivir lo menos posible.

Antes lloraba con tristeza mientras conducía al salir del hospital. Ahora dice haberse vuelto más fuerte y hasta espera el rebrote que se acentuará conforme termine el año. Con los pacientes que se dan de alta, insiste una y otra vez para que ellos hagan conciencia afuera.

“La gente no lo entiende, siguen saliendo, no usan cubrebocas, hacen fiestas y es injusto… porque nosotros ya estamos cansados”, concluye.

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