Instantáneas Sobre el Fin del Mundo por Alfredo Peñuelas Rivas
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Algo muy hermoso ocurrió este fin de semana en el mundo deportivo: la selección española de fútbol se coronó campeona de la edición 2024 de la Eurocopa, y lo hizo de la mano de dos muy jóvenes jugadores hijos de la inmigración. Nico Williams, nacido en Pamplona, es un jugador de origen ghanes. En abril de 1994 sus padres, María y Félix, cruzaron el desierto del Sáhara descalzos y quedaron atrapados en Melilla, donde temieron su deportación.
Por otro lado, está Lamine Yamal, también de ascendencia africana y nacido en uno de los barrios obreros de Mataró en Cataluña, al cual los miembros del partido ultraderechista VOX han llamado “estercolero multicultural”. Ambos jóvenes portan con orgullo la bandear del país que los vio nacer y defienden sus colores mientras que están orgullosos de su cultura.
Esto que está ocurriendo en el fútbol, pasa desde hace muchos años en los terrenos del arte. Particularmente durante el siglo XX y debido a los múltiples movimientos sociales, migraciones y guerras. El concepto de multiculturalidad es un fenómeno abierto y complejo de relaciones de todo tipo que acaban impactando en las expresiones artísticas, y está caracterizado por la existencia de diversidades de étnicas, lingüísticas, religiosas y diversas concepciones del mundo.
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El caso de México es especial ya que funcionó como puerto de llegada de decenas de intelectuales y artistas provenientes de países como Francia, Inglaterra, Rusia, Alemania y, por supuesto, la oleada de inmigración más importante de todas durante la primera mitad del siglo XX: el exilio republicano español. Tras la ola de dictaduras que azotaron América Latina durante la segunda mitad del siglo XX, el origen de las migraciones cambió y México recibió a chilenos, argentinos, nicaragüenses, cubanos, por mencionar algunos. Todo lo anterior replanteó los caminos del arte nacional y dio nuevos caminos al estatismo que representó en sus inicios la llamada Escuela Mexicana de pintura y su visión oficial de arte y la cultura.
Sin embargo, una de las migraciones más grandes que se han dado en la humanidad es precisamente la que ocurre desde México hacia Estados Unidos, que ronda los 40 millones de personas residentes de origen mexicano, según datos de la Current Population Survey (CPS). Esto ha traído como consecuencia ya varias generaciones de expresiones culturales binacionales, algunas de ellas ya instituidas incluso en festivales como el Art Walk Rosarito, la Jornada Binacional de Artistas de Origen Mexicano o la Bienal Fronteriza, por sólo mencionar algunos.
Lo anterior habría que replantearse el concepto de “arte nacional” o “arte mexicano”, en lo que ocupa a nuestro país, por supuesto. Uno de los primeros en tratar de acuñar una definición de lo que era el arte mexicano fue el poeta y pintor español José Moreno Villa, proveniente del exilio republicano quien, al hablar del arte mexicano de inicios del siglo XX, afirmaba que “la pintura reciente y en marcha es la más importante y la única con carácter genuinamente mexicano que ha existido”. Cabe señalar que Moreno Villa se refería al arte emanado de la Revolución mexicana, concretamente al muralismo.
Muchas cosas han ocurrido desde que José Moreno Villa publicara Lo mexicano en las artes plásticas (1948) y también muchos nombres de extranjeros se han venido a sumar a los existentes artistas mexicanos. De España, Remedios Varo y Vicente Rojo; de Francia Flora Goldberg; de Inglaterra Leonora Carrington y Joy Laville; de Rusia Vlady y Angelina Beloff; de suiza Roger von Gunten; de ascendencia húngaro-alemana; de Guatemala, Carlos Mérida, por sólo mencionar a algunos de los grandes nombres que han enriquecido la plástica mexicana durante el siglo XX. Hoy, en pleno siglo XXI la lista sigue y se engrosa con las experiencias transfronterizas antes mencionadas.
Alguna vez el escritor Carlos Fuentes propuso el repensar al idioma español como una suerte de nación cervantina que aglutine a diversos países y culturas. Retomando las ideas del Premio Cervantes 1987, la complejidad de definir lo “mexicano en el arte” se diluye de la misma manera en que lo han hecho las frontera en la modernidad. No sólo se trata de idiomas sino de conjugar un sinfín de relecturas del mundo y de reinterpretaciones artísticas del mismo. Lo único cierto es que el concepto de lo que conocemos como “arte mexicano” se tendría que replantear.
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